sábado, 4 de junio de 2011

Perdida

Son algunas cosas, que pasan que se suceden y que vuelven, como ante la repetición y su infundada verdad puede uno creer en algo diferente cuando se ha repetido la misma cosa, como pensar que se puede dejar de repetirla en lugar de vivir con la libertad de no volver a hacerlo, toda la vida parece entonces teñirse de un muy maluco matiz de que se volverá a caer en la repetición del previo acto, se vive el día a día con ese temor y el peso del daño que se suma como una carga en la espalda, que jamás se deja de llevar y que a cada momento algo puede desprender el estallido para que se recuerde que está allí, pesado como siempre en la espalda que nunca lo ha abandonado.
El peso, el peso en la espalda, nunca se descarga, habita allí, encorvando, como el cáncer la espalda misma en una extraña y amplia pesadez. Es un daño excesivo, profundo, pero ante todo excesivo, la carga, la siempre carga. La moral cristiana, el prejuicio, el recuerdo, la mancha, vivir manchado, no existe jabón que retire esa mancha, no hay acciones, cúmulos, cualidades ni valores que destituyan eso que se carga eso con que se carga.
Es de repente de cara a estos actos, cuando aparecen dos caras que nunca antes se han mirado tan cerca en un espejo, el suicidio o la soledad. La segunda más verdadera por cuanto la primera es una fatalidad bien certera y fácil. Si acabar con la propia vida puede ser algo demasiado difícil, más difícil es vivir con la certeza de una vida destinada a nunca otra cosa que repetirse es decir condenada a vivir en el agotamiento. Como vivir con esa certeza o más bien contra esa certeza perdiendo la batalla incluso todos los días, haciendo de alguna forma caso omiso del profundo dolor que debe ser en las mañanas volver a vestirse y atarse los cordones? Oler la mañana, despertar en la misma habitación, trabajar en la misma empresa, estudiar las mismas materias, leer las mismas noticias. Tan pocos son los que viven los que tienen la posibilidad y tan certera la noción de las oportunidades, o más bien de los contactos de las relaciones, de lamebotas, o lameculos o los oportunistas o los privilegiados, o los aristócratas o los padres responsables e irresponsables, o los esclavos o los empleados o los supervivientes, que de una u otra noción se alimentan para el llamado “seguir adelante……” a ué hacia qué. La Felicidad que cuanto más certera más arroja la cara en el vacío que la puede perder. Los elementos quizás pero muchísimas otras cosas más. Toda belleza tiene mil caras por donde fugar, y finalmente se fugará, hasta que aparezca otra que llene ese lugar donde aquel anterior se perciba lejano frente al que le sigue, solo hasta que el vacío se enteramente igual y solo esperando que la memoria y el tiempo hayan sanado lo suficiente para olvidarse de ellos y poder volver a acoger ese timón ese barco, en un mar que no va a cambiar el oleaje.
Fatalidad certersa de mundo gastado y enfermo, pudo ser diferente pero no lo fue, la culpa es de todos, nadie pidió venir a este mundo y solo unos pocos pudieron hacerse cargo de él, cuando no además de ellos mismos, el resto solo son unos infelices o felices de cálculo, de estadística a poblar territorios siempre preparados por un otros.
Mundo enfermo, de risas macrabras, de tiempos acomodados, y de prejuicios demasiado bien elaborados alrededor de los peores signos y estímulos, nacimos todos en una cultura enferma, enferma de comida de ambiente de palabra de discurso, cuando se dejó de hablar con las manos y la mirada, cuando se le dio tanto a la palabra más bien a cierta palabra.
Se ha perdido el rumbo y lo buenos suele caer en hoyos que han sido preparado para ello. Es la época de la utilidad de la eficiencia, de la practicidad del resultado, de la competencia, afuera no hay nada más que alcence un valor suficiente que merezca estar por encima. Agotado todo, el lenguaje no tiene sentido, y mucho menos el tiempo perdido en este escrito y en quien lo lea.
Adios

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