Insomnio
Nubes con aspas merodean incandescentes el naranja tiempo que llevo encima. Calefactor de tres tubos, con Cheo Feliciano, montado en una especie de sala transatlántica, transcurre todo aquí, en una piscina azul a rayas, mientras rondan los amores en la distancia, transformados en un porno cercano, en la pantalla de un deseo de recordar, de mezclarse entre las sábanas de colectivos, entre Girando, girando redondo, rutas y pájaros con un papel colgando en las paredes. Historias, del cine de amores, de extraños. Películas, fotografías y Cheo que sigue cantando “seguir viviendo la vida llena de amor”.
“Andar con la pena de que nadie sepa cuál es mi dolor” me grita Cheo, a través de unos parlantes, que tras emitir una suerte de babas, son la única caricia que recibo en esta hora tardía, Algo baboso, la salsa, melancólica, nostálgica muerde, según su estilo, ¿Cúal? Lo pierdo lo gano, lo debo al tiempo, las cosas valen por lo que cuesta hacerlas. No hay verdad según los crímenes en Oxford y todos los días se aprende algo nuevo y se olvida algo viejo, refundirnos entre nosotros mismos, parte de un Borges, con mate amargo, azucarado y escampando esperando con una sombrilla en la mano como en un cuadro de Bacon la llegada de un aguacero de aguardiente, del más fuerte que me inunde hasta hacerme ver, a mi mismo en un espejo, un espejo que me escupa un curulao, y le pregunte a mi cuerpo, porque heredó otra sangre, una falsa, pero, ¿Qué no lo es? Y sin encontrar respuesta, me dispongo a un segundo intento, con la velocidad del pensamiento que no sigue a la reflexión, y con el recuerdo y el azar a componer otro encuentro, una nueva respuesta.
Pastiche contemporáneo, sin poder hacer nada contra nadie, solo queda hacerlo contra mi mismo, hacerse daño, construirse destruyéndose poco a poco, un poco, con poco, que poco, y casi por poco me desvío de lo que estaba comenzando a escribir que nunca encuentro como comenzar y que querer decir, más hablar o mejor dicho dar cuenta de un no tiempo – en dónde en un cuarto, con quien, con todos, desde acá, un transplante, una posible tele-transportación, de todas las pantallas, cada vez más reunidas y sobre todo rebuscadas, relaciones para hacer aparecer, algo, una instancia que escape a cualquier pretensión. ¡Oh lenguaje! enséñame a jugar con todo lo que aprendiste para encontrar en el azar el poder para refutarlo. Sabio, grandes saberes, ¿Para qué? ¿La búsqueda es más falsa si no se aprende el lenguaje, si es en la superficie, que se revela una profundidad no buscada? Pues sigo, sigo con lo mío, con mi farsa, payasos bailando sobre un escritorio, mientras una fila de celulares, graban desde todo lugar un material masivo de corrupción. Y compongo desde todo lugar la aparición de la verdad más cercana, el “Ataque del presente contra todos los tiempos” me gritaba Kluge, una verdad tan falsa que era correcta, y yo ni siquiera podía entenderla porque nunca lo busqué, se me apareció, fue tan solo un encuentro uno más de los del azar, que le devuelven un sentido sin sentido a las cosas que se aprenden, mundo cuestionado y así compongo lo siguiente, que viene no de una demencia sino de la simple unión de los materiales más heterogéneos y espontáneos que componen la hora tardía:
Yo soy el hombre selecto de poemas, con la norma la cátedra y la prosa completa, que con la sangre y los humores internos bebe en tu cuna naranja y mezcla vivencias personales con otras que le cuentan sus amigos, ¡si la simplificación creadora tiene sus amigos!. Amigos tocaron a la puerta. Una rubia de 30 años abrió con una bata rota y se había tendido en el diván con aire amodorrado, y a veces una obsesión la acompañaba en su vida arrancando las banderas blancas y así llegó el palanquín, tiene que ver más con la casualidad que con otra cosa. En la conexión del ojo y la mente se han roto muchas cabezas y ahora que por fin la tiene entre sus brazos, aprieta su diminuta cintura, llamando supercampo al campo diseñado como elemento principal de ese culto, la publicidad y así el amor muerde al oído como un perro cuando persigue su cola, como cabe apreciar no hay razones a favor o en contra de una u otra hipótesis para introducir o encerrar los comentarios o precisiones del narrador a las intervenciones de los personajes que intentaron levantar la falleba.
Y que es todo esto sino el despertar completamente azaroso e intertextual, de una hora demente, de proporciones y tortuosa soledad, que ahoga con mares muy profundos de un negro azabache, que sin ver, vierte un líquido naranja muy poderoso, sobre un ruido familiar. Mientras los parpados, pelean con letras, gafas, monstruos comerciales, noticias, realidades, entrevistas y poemas que le tientan sus trampas, y le ponen ante él, la palabra comprable, que lo hace vendible a todos, incluso así mismo, sin saber más hacia donde dirigirse, hacia donde correrse o de que. ¿Escapar? Del tiempo, ¿Cómo y cómo ganarle al sueño? En donde puede batirse con él, como hacer para jugarle sucio la partida de ajedrez y lograr coronar un peón, que permita darle la droga necesaria para hacerlo dormir, acercarse con una nueva reina rubia de 30 años que acercándose a su puerta con aquella bata rota, le permita finalmente un encuentro, una paz y dormir, conciliar el sueño. No, yo sé que es, antes que nada es que no se puede dormir hacia el sur. Si naces hacia el norte, tienes que permanecer hacia allí, no por ser norte sino por permanecer con una coordenada y basta de metaforizarlo todo, las palabras son más engañosas porque jugamos pero quien no. Acaso con el lenguaje adornarlo o no, uno es mejor que otro…….. Y que pienso yo de todo esto, tan solo lo escribo por la hora, la maldita hora de no poder conciliar el sueño.
La única pregunta que no tiene respuesta es realmente la que hace posible la existencia de este escrito.
¿Por qué no puedo dormirme?
Son tantos los pensamientos, las conexiones, los intertextos y las relaciones, que la memoria y la imaginación lo funde y lo acerca todo, y en ese acercamiento se bifurca y se pierde, en el trance de Rocha, con los poemas de Rimbaud, las entrevistas de Mayolo y Yimou, con correos electrónicos y objetos de la habitación, tan solo un escrito del collage, que permite aparecer lo desaparecido, la instancia de este tiempo, de este escrito, que no es otra cosa que el testimonio de una memoria. Temporal y caótica en la que la hora es su personaje, así es, la hora es esta mujer de bata rota, color naranja, mujer de tres tubos, que palpitan al son de una salsa que me grita ahora “Materia olvidada” con Lavoe, y me agrega a mi o al lector, se me ocurre proponerle “que procure ya no leer y que se aparte de mi lado”.
Yo mismo me acabo ya de leer.
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