martes, 17 de agosto de 2010

Receta para ir muriendo

Primero la noticia.
Aquello demoledor que solo se reconoce en el enunciado.
Segundo ser capaz de permanecer:
Estar ahí, y verse en los ojos del ser amado.
Sostener esa mirada de dolor, de odio, de incertidumbre de sufrimiento.
Comerse las lágrimas y contener.

De vez en cuando acercar agua, un pañuelo, de vez en cuando recoger suavemente con el dedo, aquella lágrima que comienza ya a irritar las mejillas.

Estar ahí, permanecer, viendo el dolor del otro, negando el dolor propio, queriendo que terminé, no queriendo que termine.
Hacer sostenible lo insostenible, hacer humo las manecillas del reloj con cada bocanada de cigarro que invade la habitación en un hedor pestilente.

Tercero, la noticia pasa a ser realidad, no es más joda, hacerse cargo, viene una leve calma.
Más agua, se está agotado. Pastillas y caricias y la mirada, siempre sostenida, siempre en alto, con el dolor adentro, siendo comido por él.

Cuarto, la despedida, verse, ver alejarse, imagen del drama, imagen propia, con el alejarse, el dolor erupciona como un volcán, y allí, en la fría calle, solo, las lagrimas se dejan asomar.

Quinto. Volver al hogar y hacer el duelo en el trayecto para que las lágrimas se dejen allí, para que vuelvan a entrar y el mundo se conserve mundo solo para uno solo. Entrar, saludar y sonreir y dejar que el dolor se deposite en alguna parte, lejos, hasta que te venza y te haga dormir.

Que intranquilas son las muertes donde en sus sueños barremos ratas.

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