jueves, 9 de septiembre de 2010

El insostenible estado de las cosas

A veces el rito de las ciudad y sus llamadas necesidades sociales, todas esas señoritas dispuestas con sus tiempo y sus horarios, hacen que de vez en cuando a uno se le olvida que muchos viven en los límites o mejor a los límites de esa frecuencia y que quizás, se han armado con sus vidas una frecuencia alterna, entre noches al lado de enfermerías de 24 horas o cercando inmóviles, un relato bien memorizado de su condición personal, con el que buscan en las ventanas de las tiqueteras del subte algún posible intercambio en el marco de una repetición.

Pocas son las veces en que la interpelación pasa más allá de un intercambio con el cual sellar levemente o rápidamente el peso de la diferencia. La moneda, las gracias, la sonrisa, los aplausos, gestos todos inscriptos incluso en el marco de una serie de códigos que nada resuelven y nada permiten pensar, pero pocas son también las veces en que algo del tiempo queda o deja a ambas partes puestas en relación por el tiempo a entablar algún tipo de conversación.

Es así que en el subte, mientras desayunaba unas porteñas facturas con mi novia conocí a Esmeralda, de no más de 20 años embarazada y con un carrito de bebé, en el que dos bebas se acomodaban como podían, Daniela, una, la más grande y Yenina de rosados cachetes y dientes recién salidos, la más pequeña. El Sandwiche debía de ser preparado, así que la espera y ese tiempo convalidó a la charla. Fue así que se obtuvieron los datos acá expuestos, era impactante ver su rostro cansado y agotado a medio día, según nos dijo, por no haber dormido. Disculpándose por sus pocas ganas de entablar una conversación. Que harto falsa quizás estaba siendo. Preguntábamos por los hijos, por el padre, por su vivienda, como si realmente su respuesta fuera a hacer alguna diferencia, cuando lo que realmente con ello se quería, era tener un acto de cordialidad y un leve momento de fraternidad por lo que considerábamos debía ser una realidad y una vida demasiado dura, el sandwiche se demoraba, la beba, como son las bebas, sin timidez agarraba mi dedo y jugaba con él acercándolo y golpeándolo con la inocencia de reconocer los primeros objetos. Daniela yacía dormida por encima de la incomodidad con que su hermana se hacía campo en el mismo carro. Esmeraldano hablaba, no miraba solo esperaba, quizás a que el episodio terminara, nosotros, nos mostrábamos extrañamente más receptivos al encuentro, a saber, a conocer, a indagar quizás a entender algo allí, a hacerla persona para nosotros con su historia, pero lo que éramos, era solo unos otros que compran comida para los pobres, burgueses más que iban después a terminar su desayuno y volver a su tan diferente realidad.

De vez en cuando Esmeralda escapaba algún comentario o frase y volvía a su cansancio y a su silencio. Nosotros cada vez más contrariados, no sabíamos si estaban equivocadas las preguntas, si en cambio no debíamos preguntar y si sumirnos al mero intercambio, una serie de sensaciones fueron encontrándose allí en el mismo momento que vividas. Finalmente el Sandwiche llegó y Esmeralda se pidió una gaseosa, que compartió con sus dos bebas. Me di cuenta en esa necesidad que ya la publicidad no hace falta con sus conquistas pues por primera vez vi que Coca Cola podía incluso llegar a bebes, la imagen sería demasiado fuerte y equivocada por encima de lo real, para ser usada por la empresa pero justamente el futuro estaba ante mi siendo alimentado por la empresa, en lo que preferí entender como el resto del capitalismo, allí donde muestra mejor sus dientes. Esmeralda, tenía que irse rápido, pues debía seguir haciendo vigilia en las ventanas para poder reclamar algo de plata para la noche quizás.

Se fue, los niños nos dieron una extraña linda mirada de extraños con quienes familiarizaron y no los volvimos a ver.

Quizás no importe el hecho y mucho menos este escrito, pero manifiesta que el estado de cosas así simplemente es insostenible en nuestra sociedad.

Ese encuentro, en lo equivocado de sus enunciados, en la claridad de los lugares asumidos, de aquel que no tiene otra cosa que elegir, de aquel que en cambio se enfrenta ante una nueva situación, ponían a Esmeralda, en un más allá inaccesible, en un más allá de mi real, del intercambio, de que la juventud tiene nombre y crece con rapidez, que también debe dormir y que su cansancio es demasiado prematuro, que no importa la marca que hay es que hidratar, seguir sobrevivir.

Cuanta historia y tiempo inmóvil se encuentra esperando monedas, en las ventanas de las tiqueteras. Hijos y más hijos.

Luego, más tarde, en el hospital pudimos ver a otro tipo de hijos con sus rozagantes madres, mucho más felices y bien alimentadas, que iban a su control pero distintamente cansadas, pues Esmeralda, no parecía solo cansada de no haber dormido, sino por que no decirlo cansada de ese lugar y de gente como nosotros, que quieren dar esa cuota de humanidad y ternura de vez en cuando a una realidad que no comprenden y sin embargo interrogan como si el comprar un sandwich les diera derecho a hacerlo.

Cuanto cansancio y hastío en esa diferencia, solo marcada por aquel tiene que vivir incluso de las sobras de algo tan nimio como un pasaje del trasporte público. Y en cambio aquel que pagándolo incluso se cree en derecho de hacer preguntas de entablar conservaciones.

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