Un pasaje.
Talleres poblados de casas con historia.
Zapatos en el cableado.
Perros de afuera con carros de afuera.
Gatos en los árboles, gatos en los tejados.
Paisaje silente, expectante de cotejos de fútbol
de besos infantiles, de primeros cigarros.
La mirilla un mirador.
Casa con historia,
a su izquierda cuartel de cachibaches que respiran nostalgias,
a su derecha promesa con olor a pintura, cuartel con sabor a nuevo, a olvido,
Casa de sudor y de trabajo,
Plantas que han sabido comerse el cemento,
Plantas que se han ido comiendo un tejado de uvas robadas por palomas,
Plantas que esconden armas oxidadas, máscaras y cráneos.
Añejura vivida, humedad con orina en los suelos.
Casa con esfuerzo, y de mosaico en el centro,
donde viven el rey y la reina con sus peones en una disputa que solo conoce el verano.
Cuarto.
Cuarto con historia.
Taller convertido en proyecto de cine
Escaleras a un cielo de alfombra roja calentado a gas.
De preservativos con nombre.
De lágrimas derramadas sobre la ciudad de abajo,
bañando el polvo previamente sacudido por esas pocas noches de sexo.
Olor a olvido a presencia huidiza.
Memoria con nombre y cuarto con rostro.
Una vez más la mujer de las medias me ha vuelto a callar.
Y es en los ojos de los niños que recuerdo sus bellas pestañas.
Su boca demasiado pequeña para una vos tan ronca.
Cielo con precipicio.
Con ganas de caer de su terraza en un sueño eterno.
Donde no todas pero si las cosas importantes se vivan allí en una pantalla creada a su medida.
Así es esta casa y la memoria que vive contigo.
A ti.

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