Era un 18 de Diciembre recordaba él. Aquel tan esperado día se disponía a volver a su ciudad de origen, esa caótica, fría, gris y violenta Bogotá de la que alguna vez se fue porque sintió que se le habían a muy corta edad acabado las oportunidades.
Decir que la ciudad esperaba su regreso es demasiado, no solo, no lo esperaba, sino que incluso más bien esperaba que cuanto menos estuviera en ella, mejor para todos. Cada vez que comentaba a sus coterráneos la posibilidad de su regreso, encontraba las siguientes respuestas: “Lo pensaste bien?” “Es que no te está yendo bien donde estás?” “Pero que vas a venir a hacer acá?” nadie como él, pensaba que se había ido con un meta clara que cumplir para volver, era como un expatriado cuyo regreso no se veía del todo como una “bendición”, sino más bien el tipo que no supo aprovechas que afuera en todo caso y por encima de estar lejos de lo que importa, las condiciones de vida son siempre mejores.
Sin embargo, en esta su 4ta visita, algo había cambiado no era el mismo viaje porque aunque volvía a la misma ciudad la ciudad ya no era la misma, alguien más lo estaba esperando, su nombre era Carolina, con ese nombre que entre la c, la o y la r, le prometían rodar y rodar, como un nombre que por lo pronto promete movilidad que ya es bastante.
Él se vistió, casi nada le importaba demasiado, trataba de no ser torpe, de llevar todo cuanto necesitaba dejar en este su primer regreso definitivo, no sabía bien que le podría faltar, no sabía bien si estaba dejando algo importante o no, pues realmente su mente estaba en esta mujer. Era muy temprano, debía estar en Ezeiza a la madrugada, afortunadamente hacía calor y el viaje aunque eterno le fue placentero, pues nuevamente estaba devuelta en la comodidad de un coche y dispuesto a viajar, cosa que además de su claustrofobia siempre para él había tenido un encanto. Todo salió normal, el vuelo con un compañero harto ruidoso pero amable y una película que poco le interesó pero que vió y de la que rescató un par de planos y diálogos que lo hicieron reir.
Al aterrizar todo le devolvió la imagen de lo que había abandonado, la lluvia que hacía que el olor a asfalto se mezclara con el smok de la ciudad y los famosos “chicles, cigarrilos, llamadas” vio a su familia, su hermano y su madre, ella llorando como suelen ser las madres románticas, las madres para cuyos hijos no crecen y que además en el fondo no quieren que crezcan, y su hermano quien nunca había abandonado la ciudad por encima de no encontrarse realmente a gusto en ella, abrazo con él, par de abrazos y besos con ella. Comenzó a recorrer esas grandes avenidas, puentes, y soportar esos trancones, filas de autos, donde todos guardados como peseras andantes, se estresan en un río de carros al que ya no le cabe un pez más y cuyo caudal es insoportable, mientras todos los autos miran como los transmilenios pasan a toda velocidad y tetiados de gente. Los de los carros piensan; que rápido llegaría si fuera en un transmilenio, los de transmilenio piensan en lo cómodos que estarían si tuviera un puto carro.
Tomaron toda la 30 en Bogotá y fue cuando pensó, “alguna de esas es”, vio las casas una por una, junto a los edificios, cerca de la 75 y se repetía, “si, ahí vive, ahí me escaparé a la noche para buscarla”. El día se le hizo interminable todo era una sola torpeza, sus parientes pensaban en lo estúpido que había llegado, él solo podía pensar en la noche cuando entonces se dirigiría a su encuentro, el encuentro con su Carolina, esto sus parientes lo ignoraban y como las personas que desean con fuerza algo que saben solo es cuestión de tiempo para que acontezca el intermedio es simplemente insoportable. Pues bien, así lo fue el ajiaco de bienvenida, los abrazos, la ducha eléctrica, la siesta que se procuró, las nuevas ropas que le tenían dispuestas para vestirlo, casi de nada pudo disfrutar, eran más bien obstáculos temporales que le impedían llegar a su meta, ELLA, cada vez que la hora se le acercaba se le iba haciendo más impaciente, faltan solo 6 horas, 5, 4 de forma interminable, entendió aquellos que prefiguran que el reloj es justamente todo lo contrario al tiempo, el tiempo no conoce medida, es absurdamente relativo, no sabe cuanto duró la comida, la vestida, la duchada, solo sabía que realmente su tiempo estaba con ella, simplemente la esperaba eso era todo y fue que así entrada la noche, simplemente pidió el carro prestado sin mayor explicación y aunque hacía mucho que no manejaba salió en medio de una llovizna a su encuentro, trataba de ser muy cuidadoso, cuando se espera mucho tiempo por algo, nadie quiere que algún borracho con carro lo arruine, o algún tombo malencarado lo detenga buscando un pretexto para ser mal tipo y sacarle plata o meterle un problema, Anduvo así tranquilo, en esos 60 kilómetros que habilita el tránsito y solo los viejos respetan, viajó pensativo, lo suficientemente distraído para poder maniobrar con seguridad y recuperar la confianza en el volante. Había averiguado su dirección con una amiga en conjunto y a través suyo se las había arreglado para que fuera seguro que ella estuviera en casa, quería sorprenderla, le compró flores, le llevó un regalo y cargo un par de preservativos por si la ocasión lo habilitaba, sabía que las colombianas no acostumbran darlo en la primera noche, y que además los colombianos son pésimos para pedirlo la primera vez pero él se animaba, Carolina no era una niña pero esto no significaba dárselo en la primera noche, no debía ser descuidado. Aparcó el carro en lo que le pareció el mejor lugar para dejarlo, si es que en Bogotá existe un lugar así, puede a veces ser incluso el peor lugar para dejarlo pero en todo caso no le importaba, como casi de memoria, le puso la correa al timón, el gancho al pedal, subió ventanas y le dijo con un acento ya olvidado al guardia, “Viejo me le echa un ojito por favor” y comenzó a acercarse a la casa, timbro y Carolina le contesto.
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