no, dos pataditas, no
tres.
Así volvieron las cosas con su memoria, con la salsa, aquella perrita de teticas flacas
subió de vuelta al barco, navegó tras enredaderas y se tomó un café negro al lado del árbol seco de racimo de uvas.
El lenguaje inagotado mirándose y todo volviendo a encajar, un rompecabezas dispuesto a limpiarse del polvo del tiempo, sabiendo crecer con él y acorralarse en un cuartito de alfombra roja. Ambos reclamándose un poquito de atención o quizás demasiada atención.
Sentados con el silencio, el lenguaje hablaba por ellos, las silentes palabras que los recorría merodeaban un tablero de reyes y reinas, ahora quizás tan juntos como antes. Con la indiferencia y el sufrimiento incomprendido de un mundo que cada uno vivía a su medida y a su manera.
Ambos se mordieron los pedacitos y recogieron las palabritas, compartieron la nostalgia del otro,
ese espejo trágico en el que ambos desnudos se miraron y entendieron, como ha ciertas cosas el tiempo no les pasa y en cambio a otras el tiempo las cambia. Sabían que era un tiempo nuevo pero en todo caso un tiempo suyo y defendiéndolo contra sus mismos temores, las palabras los abrazaron, él le dio una patadita en el culo y ella le brindó una sonrisita, sonrisa que le puso cita a la felicidad, cita que se llevó a cabo en una mesa con café, y con !chan chan! llenándoles la habitación.
Despidiéndose en la mañana y saludándose en la noche, recogían uno y otro en un mismo barco, la magia, a veces negra como el café, a veces clara como el agua, de sus existencias y sin lavar y sin enmascarar la ofrecían al otro como alimento para vaciar el alma, para llenar el corazón, para calmar a los pensamientos, para encontrar el camino que les había hecho refundir aquella palabrita a la que ahora le tenían que poner citas.
La felicidad

1 comentario:
siempre me gustó este texto, aún antes de que llegara a escribirse. allí la cucarachita había sido gregorio y entonces quién hablaba? un beso, Ana.
Publicar un comentario