domingo, 23 de agosto de 2009

La felicidad en tiempos de cólera

Una patadita en el culo,
no, dos pataditas, no
tres.

Así volvieron las cosas con su memoria, con la salsa, aquella perrita de teticas flacas
subió de vuelta al barco, navegó tras enredaderas y se tomó un café negro al lado del árbol seco de racimo de uvas. 

El lenguaje inagotado mirándose y todo volviendo a encajar, un rompecabezas dispuesto a limpiarse del polvo del tiempo, sabiendo crecer con él y acorralarse en un cuartito de alfombra roja. Ambos reclamándose un poquito de atención o quizás demasiada atención.

Sentados con el silencio, el lenguaje hablaba por ellos, las silentes palabras que los recorría merodeaban un tablero de reyes y reinas, ahora quizás tan juntos como antes. Con la indiferencia y el sufrimiento incomprendido de un mundo que cada uno vivía a su medida y a su manera.

Ambos se mordieron los pedacitos y recogieron las palabritas, compartieron la nostalgia del otro,
ese espejo trágico en el que ambos desnudos se miraron y entendieron, como ha ciertas cosas el tiempo no les pasa y en cambio a otras el tiempo las cambia. Sabían que era un tiempo nuevo pero en todo caso un tiempo suyo y defendiéndolo contra sus mismos temores, las palabras los abrazaron, él le dio una patadita en el culo y ella le brindó una sonrisita, sonrisa que le puso cita a la felicidad, cita que se llevó a cabo en una mesa con café, y con !chan chan! llenándoles la habitación.

Despidiéndose en la mañana y saludándose en la noche, recogían uno y otro en un mismo barco, la magia, a veces negra como el café, a veces clara como el agua, de sus existencias y sin lavar y sin enmascarar la ofrecían al otro como alimento para vaciar el alma, para llenar el corazón, para calmar a los pensamientos, para encontrar el camino que les había hecho refundir aquella palabrita a la que ahora le tenían que poner citas.

La felicidad

  

1 comentario:

Anónimo dijo...

siempre me gustó este texto, aún antes de que llegara a escribirse. allí la cucarachita había sido gregorio y entonces quién hablaba? un beso, Ana.